Historias
Esta historia pudo haber sucedido en Pozo del Molle, están aquellos que les encuentran un parecido con familiares de la zona, pero el relato es sumamente conmovedor, para leerlo, analizarlo y pensar si quizás, en algunos de ustedes, esta gente dejo su marca para siempre.
«LA MALDICION DE LOS GITANOS» Por Miguel Andreis.
El viejo Pereyra, sentado en un banquito de lona plegable, cambio de mano la pipa apenas encendida y se quitó la gorra. Se puso de pie y se persigno. Un escalofrío le taladro el cuerpo añejo. Los eucaliptus silbaban mientras se bamboleaban en una simbólica despedida; un paisaje conmovedor.
Quienes estaban con él en la provisoria cancha de bochas dejaron sus frentes blancas al descubierto y se persignaron. Los pibes eran conocidos de todos. La columna que seguía a los tres coches fúnebres con los tres cuerpos era interminable. » Nueve muertes de pibes en un año, son muchas para tan pocos habitantes como somos. Algo raro hay en este pueblo que existen tantos accidentes » Dijo, el Negro Lucero desde la reflexión.
Nadie intento responder. Desde hacía muchos años que de ese tema no se quería hablar. Los vehículos continuaban su marcha acelerada sobre la ruta ciento cincuenta y ocho. El viejo Pereyra no levantaba la mirada del suelo. El había vivido varias veces esta situación. y, con sus ochenta y tres años, era uno de los pocos testigos directos de aquello que sucedió a fines de los años treinta. Se le llenaron los ojos de lágrimas. » Muchas vidas para una maldición » pensó.
El Tordo Ledesma, bolsero de siempre, se atrevió a preguntarle.
- Viejo, como fue aquello, como ?, porque nadie quiere hablar del tema ?.
Pereyra sacudió la pipa, saco el paquete «Mariposa», apisono el tabaco, y sintió que todas las miradas se centraban en él. Alguna vez debía contarlo. En su casa guardaba la anotación con la cantidad de muertos por accidentes, cuarenta y site, mas los tres del día anterior. En esa lita figuraban un nieto, y dos sobrinos suyos. En su gran mayoría todos jóvenes. No pocos fallecieron en siniestros inexplicables. Devorados por el fuego luego de colisionar. Y comenzó a hablar:
«Llegue a este pueblo alla por los años treinta, trasladado de Villa Maria con el cargo de cabo. Al poco tiempo quede al frente de la jefatura. Mucha desocupacion, gente que se trasladaba de un lado a otro buscando trabajo. Los delitos se incrementaban. El tren venia desde San Francisco cargado con personas del norte. A pesar de todo , la vida en el pueblo guardaba cierta tranquilidad. Eso , hasta que ocurrio lo de los Gitanos», hizo una pausa, pito, y se envolvio de humo.
El viejo continuo: » Todos los años llegaban con sus carromatos de colores y armaban una especie de circo a cielo abierto donde el numero principal era un viejo oso al que le ponian guantes de boxeador y ofrecian una buena cantidad de dinero a quien le aguantara diez minutos de pelea. Varios lo intentaron y terminaron con las costillas rotas. El animal se le abalanzaba y los abrazaba. Las Gitanas. mañana y tarde recorrian las calles y los negocios, ofreciendo adivinar la suerte. La gente les temia y trancaban las puertas de las casas. Decenas de denuncias recibiamos por algunas faltas. La verdad que nunca les encontramos nada. «
Fue en enero del treinta y ocho.
«Era una siesta de calor insoportable, cuando cerca de las cuatro de la tarde una mujer desesperada llega hasta la Comisaria indicandome que los Gitanos le habian robado su niñita de apenas cinco años. No alcance a preguntar nada mas. Nos fuimos para los carromatos. Varios pobladores ya se encontraban en el lugar, algunos de ellos armados con escopetas y revolveres. Gritos de un lado y de otro. Intente poner calma. No fue facil . Lleve detenido a quien se identificaba como el jefe y a tres mas. La mujer no paraba de llorar. Al Padre de la niña tuve que quitarle una pistola. La busqueda de la menor continuaba. Se formaron grupos que preguntaban casa por casa. No obstante, todos apuntaban a los gitanos, » Ellos son los que se roban a los chicos rubios para despues venderlos», decian. Pedi refuerzos a Villa Maria. Como respuesta recibi que no contaban con personal suficiente, y si se trataba de gitanos que los apretara y que la nena apareceria».
Los Gitanos repetian una y otra vez que no tenian nada que ver con el hecho. Y es el jefe quien me cuenta que su mujer hacias seis meses habia parido mellizos.
Solo un loco pudo hacer eso…
Los deje encerrados y volví al circo. La multitud rodeaba a los carromatos. El manso oso atado con una gruesa cadena, asustado y furioso, parecía a punto de estallar. La esposa del Gitano mandamás, madre de los mellicitos, era una morocha de enormes tetas. La leche le mojaba el vestido. lloraba rodeada de personas que la insultaban. Nunca pude saber quién fue el primero que les tiro una piedra, tampoco quien roció con kerosene al carromato de madera. Si vi cuando el Loco Bustos, tipo pendenciero y muy borracho, le arrimo un hisopo encendido. En minutos todo era llamas. La Gitana, tomada por varios no paraba de gritar. Nunca olvidare la desesperación de aquella mujer. Yo corría de un lado para otro, pero no podía parar a nadie. También había rociado al oso cuyos bramidos quedaron estampados por años entre los eucaliptus.
Cuando pude sacar entre la gente a la Gitana, me dice que en el carromato estaban los hermanitos. Ya era tarde. Demasiado tarde. Los bebes, una nena y un nene, quedaron irreconocibles cuando logramos extraerlos. A pesar de que no se veía tormenta alguna, inexplicablemente comenzó a llover. llovió toda la noche. Los truenos y rayos dejaron blanco al caserío.
Al otro día, por la tarde se realizó el sepelio. Nadie concurrió al cementerio excepto el Jefe departamental. los Gitanos y yo.
Dos cajoncitos pintados de blanco pasaban de una mano a otra. Los besaban. Hablaban en su dialecto. Los ojos eran fuego. Hasta pensé que no se trataba de ojos humanos.
Ellos mismos cavaron un enorme pozo, enterraron al oso con la cadena, y antes de taparlo, rezaron y le tiraron cenizas, que decían que eran de los niños, sobre el lomo. La Gitana gemía de una forma rara, extraña, patética. Armaron la caravana y se fueron.
Nadie en el pueblo se animó a salir de sus casas. Las calles estaban desiertas.
Antes de llegar a la última vivienda, la Gitana hizo detener la marcha, se bajó del carromato, hizo una cruz en el suelo, con los brazos apuntando al pueblo y con un grito estremecedor que nos helo, estallo y se multiplico por las calles, se le escucho decir: » Malditos, de ahora en más pagarán estos crímenes con muchas muertes, muchas muertes de jóvenes que la maldición caiga para siempre sobre ustedes… ya sabrán lo que es el olor a sangre»…
Partieron en silencio, un llanto se perdió a lo lejos, entre el crujiente ruido de los carruajes.
Quienes rodeaban al viejo policía escuchaban atentamente, solo uno se atrevió a preguntarle:
- y al final que paso con la nenita ?
miro los ojos de uno por uno, volvió a golpear la pipa contra el banquito y respondió:
«La encontramos al dia despues, estaba en una casa de campo. llego sola, caminando. Nadie se explica como llego, nadie…
Lo que son las cosas, uno de los pibes que recien sepultan, es el nieto menor de aquella nenita perdida…